GABO Y EMMANUEL



GABO Y EMMANUEL

 Emmanuel durante su despedida de Señales de Humo
Emmanuel Carballo y Alfredo Sánchez, 2007

Durante más de cinco años, desde mediados del 2002, conversé telefónicamente cada jueves con Emmanuel Carballo (Guadalajara 1929 – Ciudad de México 2014), el feroz crítico literario, ensayista, editor y brillante entrevistador quien se autocalificaba como “francotirador”. Las breves charlas se desarrollaban como parte del programa radiofónico Señales de Humo, en Radio Universidad de Guadalajara, y en ellas Emmanuel hablaba de alguna noticia cultural del momento o de algún otro tema que se le ocurría en la ocasión. Confieso que más de una vez me hizo temblar con sus atrevimientos y sus dardos envenenados dirigidos a veces a funcionarios de la cultura y en ocasiones a escritores a quienes no les tenía mayor respeto. Durante ese tiempo también tuve ocasión de platicar fuera del aire varias veces con él y descubrir al gran conversador que fue: ingenioso, ocurrente, irónico, culto. Sin pelos en la lengua, eso sí.
En una de aquellas charlas le pregunté sobre su vocación de crítico literario y me confesó:
“Siendo muy niño, de unos seis o siete años, descubrí un rasgo de mi carácter. La calle de Escorza entre Libertad y Miguel Blanco, donde vivíamos en Guadalajara, era empedrada, había unos cinco metros de una acera a la otra. Estábamos ahí mi mamá y yo viendo pasar la tarde y de la casa de enfrente salió la señora Ponce con su hijo Paco. Me le quedé mirando al niño y le dije: Ay Paco, ¡qué feo eres!, te pareces a tu mamá...en ese momento se cerró la ventana de los Ponce, se cerró la de los Carballo y nunca más nos volvimos a hablar. ¡No sé decir mentiras! así descubrí que yo era crítico.”

Por supuesto que la vocación crítica de Carballo fue mucho más allá del comentario sarcástico sobre los rasgos físicos de la gente y se centró de manera importante en la literatura. A lo largo de muchísimos años se convirtió en el más temido de los críticos pero también en impulsor de una lista larga de escritores: Elena Garro, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo, Gustavo Sáinz, José Agustín y otros más.
 García Márquez
Gabo con ojo morado

En varias de aquellas colaboraciones de Carballo apareció el nombre de Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927- Ciudad de México, 2014), a quien conoció bien. Como dato curioso, García Márquez murió apenas tres días antes que él: Gabo el 17 de abril y Emmanuel el 20 de aquel 2014.
Emmanuel presumía de haber leído el original definitivo de la gran novela Cien Años de Soledad que Gabo le compartió antes de entregarla a Paco Porrúa para su primera publicación en Editorial Sudamericana, en 1967. Ante aquellos originales constató que estaba ante “la obra narrativa más hermosa dada a conocer en lo que va del siglo en lengua española”, según escribió en su Diario Público en julio de aquel año.
En una entrevista posterior me dijo: “Cien Años de Soledad fue no solo la mejor novela de aquel año sino del siglo, yo escribí que era la gran novela del siglo 20 en lengua española...y no me equivoqué”.

Carballo también escribió el prólogo para el disco de la colección Voz Viva, de la UNAM, donde García Márquez leía su obra. Ahí decía, entre otras cosas:

(…) Cien Años De Soledad es como una biblia, con su antiguo y su nuevo testamento, que relata, siguiendo en la superficie las normas tradicionales del arte de narrar, la historia del pueblo elegido, Macondo, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, desde el instante en que los primeros Buendía pisan el suelo de lo que será esta aldea mitológica y desgraciada hasta el momento en que las hormigas se adueñan de la tierra y devoran, recién nacido, al último de los hombres de esta estirpe. (…) es una novela perfecta, hasta donde este adjetivo pueda usarse sin sonar a falso. La estructura, la historia, los personajes, el estilo, cumplen rigurosamente su cometido. (...) Después de escribir esta novela García Márquez puede dormir tranquilo, aunque existe la posibilidad de que esta obra le quite el sueño, como el insomnio que padeció Macondo, por el resto de sus días.”

Sin embargo, en 1983, el propio Emmanuel se releía a sí mismo y, con cierta cautela, escribía:

“Supuse entonces que García Márquez, como Rulfo y tantos otros autores, después de escribir una obra maestra corría el peligro de enmudecer. Afortunadamente pudo esquivar ese riesgo y seguir adelante (…) Supo recuperar el éxito con el mismo desenfado con que antes se sobrepuso a la crítica adversa o incomprensiva (…) No estoy seguro, en cambio, de que escriba obras perfectas como lo fueron en su momento El Coronel No Tiene Quien le Escriba y Cien Años De Soledad. El temple de ánimo y la voluntad de estilo de entonces son, a partir de 1967, una nostalgia, un mundo perdido e irrecuperable. El García Márquez posterior a Cien Años De Soledad ya no es un descubridor de nuevos territorios para la literatura de nuestro tiempo, es un escritor dueño de un poderoso estilo, de una habilidad estructural notable y de un vasto y suculento repertorio de recetas de cocina que permiten al lector inexperto confundir el hallazgo con la repetición. Sus tres títulos más ambiciosos después de Cien Años De Soledad, El Otoño del Patriarca, Crónica de una Muerte Anunciada y El Amor en los Tiempos del Cólera son excelentes novelas pero no tres novelas geniales (...)


En 2002, recién aparecido el libro de memorias garciamarquianas Vivir para Contarla, Emmanuel dedicó varias de sus colaboraciones radiofónicas a hablar con entusiasmo, francamente deslumbrado, de ese libro que abría otras facetas al conocimiento del escritor colombiano en sus años juveniles: sus primeros escarceos sexuales con las muchachas del trópico -entre ellas la historia de una “nigromanta”, como la llamaba en el libro, y que, a decir de Carballo, se podría haber publicado por separado como un cuento perfecto-, su descubrimiento de quienes habrían de ser sus principales influencias como escritor, sus grandes retratos literarios de diversos personajes.
Y más allá de todo ello, Emmanuel se arriesgaba a calificar el libro como “una gran novela con apariencia de memorias: un narrador omnisciente que es Gabo, que ve a un narrador protagonista, que también es Gabo y que cuenta toda la historia. Pero hasta que no llegas al final del libro no te das cuenta de cómo te fue envolviendo de manera genial ”. Y advertía que Vivir para Contarla era más un libro para escritores y periodistas que para lectores comunes.
Crítico hasta de sus propios entusiasmos -en varios momentos de su vida cambió de opinión sobre ciertos autores y ciertos libros-, Emmanuel escribía también en 1983 frases de alerta acerca de Gabo:

“El García Márquez de hoy escribe frente al espejo, da la impresión de que se detiene a mirarse y felicitarse cada que escribe una frase redonda, una metáfora afortunada, un párrafo irreprochable: ha dejado atrás la humildad y recorre los retorcidos caminos de la soberbia, de la autocomplacencia...”

Sin embargo, como escribí antes, cuando Carballo leyó Vivir Para Contarla se reconcilió totalmente con la maestría de García Márquez para contar historias y, más aún, para contarse a si mismo.




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